Algunas veces se presenta la parábola del fariseo y el publicano (LUCAS 18:9-14) como evidencia de la oración del pecador. Hay dos razones por las cuales este pasaje no se aplica de esta manera:
El fariseo y el publicano eran judíos, así que ellos ya gozaban del pacto de Dios (Mateo 6:5; 15:7-9). Ninguno de ellos representa a un incrédulo que viene a Dios por primera vez. Un gentil no podía entrar al pacto de Dios bajo la Ley de Moisés al simplemente decir: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Él debía someterse a los mandamientos de esa Ley.
Cuando Jesús contó esta parábola, todavía no había establecido Su iglesia y dado Su plan de salvación. Todavía no había establecido el mandamiento de ir a todo el mundo. Usar esta parábola a favor de la “oración del pecador” es como tomar un versículo del Antiguo Testamento sobre el sacrificio de animales y sugerir que se aplica a los pecadores modernos.
Las palabras de Santiago son apropiadas aquí: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal” (Santiago 4:3). Jesús nunca mandó que los pecadores oraran para recibir salvación. En cambio, dijo, “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21), y “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6:46).
Los apóstoles nunca instruyeron a ningún pecador en el libro de Hechos que recitara la oración del pecador para ser salvo (Hechos 2:38; 16:31; 22:16). Ningún versículo bíblico instruye que los pecadores reciten una oración como esta: “Padre celestial, sé que soy un pecador y que merezco ir al infierno. Creo que Jesucristo murió en la cruz por mis pecados. Ahora Le recibo como mi Señor y Salvador personal. Prometo servirte lo mejor que pueda. Por favor, sálvame. En el nombre de Jesús, Amén”.
